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El trabajo ambiental de EiAmazonia es local y amazónico a la vez: lo que hacemos en el valle del Juruá, en el estado brasileño de Acre, y lo que hacemos en las escuelas y los territorios de Cataluña.

Queremos llegar a más centros y a más territorios del resto de España y de Europa, porque cuidar el suelo, el agua y el bosque es el mismo trabajo allí y aquí.

Vista desde lo alto de un bosque tropical que llega hasta el horizonte, con un río que serpentea entre los árboles
El río Moa, afluente del Juruá, entre el bosque de Acre.

Recuperar el territorio es recuperar la vida

Durante más de un siglo, a los pueblos del Juruá les quitaron la tierra y, con ella, su manera de cultivarla. Primero llegaron los patrones del caucho, que los obligaron a trabajar en los seringais. Después llegaron la tala y las haciendas, que convirtieron el bosque en pasto para el ganado.

Es el modelo que todavía domina en medio mundo: el monocultivo, una sola especie en grandes extensiones —pasto, soja, caña de azúcar, palma o eucalipto—. Se sostiene con agroquímicos: abonos sintéticos, herbicidas y pesticidas que eliminan del campo todo lo demás que vive, desde las plantas silvestres hasta los insectos y la vida del suelo. Brasil es hoy el país que más pesticidas usa del mundo: 720.000 toneladas en 2021, según la FAO.

Con el bosque desaparece el bioma y, con él, el equilibrio natural que regulaba el agua, el clima de la zona y la fertilidad de la tierra. El suelo queda desnudo, se erosiona y pierde su materia orgánica. Muchas veces, al cabo de pocos años, el pasto se degrada y se abre otro claro en la selva. En todo el planeta, el cambio de uso de la tierra es la primera causa de pérdida de biodiversidad en tierra firme, según la plataforma científica de la ONU sobre biodiversidad (IPBES).

Lo que se presenta como progreso enriquece a pocos y empobrece a muchos. La tierra y los beneficios se concentran en pocas manos: en Brasil, el 1 % de las explotaciones agrarias ocupa casi la mitad de la superficie agraria. Y muchas familias se quedan sin tierra, dependen de semillas y agroquímicos que tienen que comprar o acaban en las periferias de las ciudades.

Ilustración: una niña indígena abraza un enorme tronco con rostro, entre árboles talados
Ilustración de Sonia Coloma Benítez para el cuento «Els Puyanawa i l’Eruga de colors – Hêda Cêkaya».

Cuando un pueblo recupera su territorio, llega enseguida una pregunta: cómo volver a hacer bosque y vivir de él.

Una de las respuestas viene de Brasil y hoy se estudia en medio mundo: la agrofloresta, o agricultura sintrópica. La formuló Ernst Götsch, un agricultor suizo que en los años ochenta compró en el sur de Bahía una finca degradada y la convirtió en bosque productivo: recuperó más de una decena de manantiales, suavizó el microclima de la zona y hoy 350 hectáreas son reserva natural privada. La idea de fondo es plantar como crece el bosque, en capas y en el tiempo, para que cada cosecha deje el suelo mejor que antes.

La agrofloresta es el nombre técnico de lo que los pueblos indígenas llevan milenios haciendo.

Qué es una agrofloresta

En un campo convencional se planta una sola especie —maíz, soja o pasto— y se arranca todo lo demás. En una agrofloresta se plantan muchas especies juntas, a distintas alturas y con distintos ritmos, como está organizado un bosque.

Las capas

Un bosque se organiza como un edificio de varios pisos, y cada piso recibe la luz que le corresponde. En una agrofloresta se reproduce esa estructura a propósito. Abajo, hortalizas y raíces que dan comida en pocos meses. Encima, plátano, papaya y yuca. Más arriba, frutales. Y por encima de todos, los árboles grandes, que tardan décadas y son los que acaban haciendo el bosque.

Las especies se reparten la luz: cada una ocupa un hueco distinto y todas tienen su función.

El tiempo

La segunda dimensión es el tiempo. En el mismo metro cuadrado conviven plantas que se cosechan a los tres meses, otras al año, otras a los cinco y otras a los cuarenta. A medida que unas terminan su ciclo, dejan sitio y materia orgánica a las siguientes. Es lo que en el bosque ocurre solo, acompañado y acelerado.

Por eso una agrofloresta bien plantada da de comer desde el primer año, mientras los árboles crecen. Y eso permite que una familia viva de ella.

La poda

En una agrofloresta se poda mucho y se poda fuerte. Las ramas cortadas se trituran y se dejan en el suelo, formando una manta.

Esa manta alimenta el suelo mientras se descompone, guarda la humedad y protege la tierra del sol y de la lluvia. La poda, además, hace que la planta rebrote con fuerza. Así el sistema se alimenta de sí mismo, sin abonos traídos de fuera.

Por qué se llama sintrópica

La agricultura convencional va hacia la entropía: cada cosecha deja el sistema un poco más pobre, y hay que compensarlo con abonos, con riego y con pesticidas. La agricultura sintrópica va en la dirección contraria: cada ciclo deja más vida, más materia orgánica, más sombra, más agua y más complejidad que el anterior. Es la dirección en la que trabaja el bosque por su cuenta.

Cuando esto se sostiene en el tiempo, el cambio se nota más allá de la parcela: vuelven los manantiales, baja la temperatura y se suaviza el microclima de la zona.

Un saber de los pueblos amazónicos

Los pueblos amazónicos llevan milenios manejando el bosque de esta manera, combinando cultivo y monte en ciclos largos. Buena parte de lo que hoy parece selva virgen es bosque cultivado durante generaciones: las concentraciones de castaño de Pará, de pupunha, de cacao o de açaí son obra de esas generaciones. La agricultura sintrópica le ha puesto nombre técnico, lo ha medido y lo ha hecho enseñable.

Por eso, cuando un pueblo recupera su territorio, la agrofloresta es casi siempre volver a hacer lo que ya sabía.

Ilustración: un anciano con penacho de plumas cuenta historias a los niños junto a las raíces de un gran árbol
Ilustración del cuento «Els Puyanawa i l’Eruga de colors – Hêda Cêkaya».

Vídeos y charlas sobre agrofloresta

Lo que hacemos en las comunidades

En el valle del Juruá, el trabajo ambiental se hace con las escuelas indígenas. Parte de los materiales del profesorado indígena y de la realidad de cada aldea, y trata residuos, agua, clima y cuidado del territorio.

Todo el trabajo con las escuelas de la Amazonia · Memoria 2025

Regenerar también aquí

En Cataluña, en el resto de España y en toda Europa pasa lo mismo a otra escala: suelos agotados, sequías más largas, campos que ya no retienen el agua, incendios cada verano y pueblos que se vacían. La respuesta que se abre camino es la agricultura regenerativa, que comparte la idea de fondo con la agrofloresta: cuidar el suelo como algo vivo.

Hay gente haciéndolo muy bien. Hope! – En pie por el planeta, la fundación del divulgador Javier Peña, explica el cambio climático y la agricultura regenerativa en las redes, con millones de visualizaciones, y tiene al CREAF en su comité asesor. Forma parte de AgriRegenCarbon, un proyecto que ha puesto a prueba en 3.000 hectáreas de Andalucía y Aragón cómo pagar a quien cultiva por capturar carbono en el suelo y restaurar los ecosistemas.

Por eso en la Red el trabajo ambiental es local y amazónico a la vez: cuidar un suelo vivo en el Acre y en Europa es el mismo trabajo, y las escuelas de los dos lados lo aprenden juntas.

Lo que hacemos en las escuelas catalanas

Buena parte de lo que se trabaja en las escuelas de la Red es educación ambiental, contada desde los pueblos que viven en el bosque.

Alumnado sentado alrededor de las mesas del aula escucha la presentación del proyecto, con materiales y artesanías amazónicas sobre la mesa
Taller en la Escola Sant Cristòfor de Begues.

Y estamos preparando nuevos ejes de trabajo en este ámbito, aquí y en la Amazonia.

Fuentes

Red de Escuelas Guardianas de la Amazonia

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